lunes, 26 de octubre de 2009

El lenguaje y la propaganda política

Cuando yo uso una palabra
ésta significa exactamente lo que yo quiero; ni más ni menos.

Humpty Dumpty en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

El lenguaje y la propaganda política
La propaganda política es un proceso de comunicación por medio del cual una persona o grupo trata de influir en los gustos, ideas y sentimientos de otras personas, con el fin de modificar sus actitudes y dirigirlas hacia una conducta que favorezca los fines e intereses de los primeros. Constituye un instrumento de la guerra psicológica[1] consistiendo ésta en un plan de acciones psicológicas bien meditadas, dirigidas a influir en las emociones, actitudes y conducta de grupos enemigos, neutrales o amigos, de modo que favorezcan determinados intereses. Los medios utilizados son eminentemente dirigidos a afectar la psique humana, por persuasión o amenaza. La propaganda constituyó la principal arma política y militar de los estados modernos, hoy al servicio del gran capital transnacional que gobierna el mundo detrás del trono[2]. Durante los años de la guerra fría era calificada por los Altos Estados Mayores de los países de ambos bloques como “total y permanente”.

El proceso de propaganda como ciclo de comunicación
La comunicación es el proceso humano por el cual una persona o grupo transmite o evoca en otras determinadas percepciones, ideas, juicios, emociones, sentimientos y otras manifestaciones anímicas, haciendo posible la vida humana de relación. La importancia primordial de la palabra en la construcción de la realidad se manifestó en el experimento del emperador romano Federico II, quien quiso hallar respuesta a cuál era el lenguaje primitivo y originario de los hombres. Para ello, colocó un grupo de recién nacidos al cuidado de un conjunto de madres sustitutas a las que se les ordenó que atendieran con cuidado a los niños, pero sin que nunca les dirigieran la palabra ni las escucharan hablar entre ellas. Tanto precisa el ser humano comunicarse con otros para lograr su propia autopercepción que todos los niños de aquél experimento fueron muriendo rápidamente[3]. El elemento que transporta la comunicación está formado por símbolos, los cuales representan de un modo abstracto aquellas manifestaciones anímicas y se basan en alguna relación con éstas, por asociación o simplemente por una convención establecida. Por ello cada cultura tiene sus símbolos especiales: los más importantes son los que constituyen el lenguaje. El lenguaje hablado o escrito se construye por medio de la palabra.
En el manual de Guerra Psicológica redactado por el coronel de Artillería del servicio del Estado Mayor del Estado Español, Fernando Frade Merino, el autor enseña que el contenido de la comunicación está compuesto por símbolos que evocan determinadas ideas o estados de ánimo en el alma del que los percibe, que le impulsan a cierta acción. Agrega que lo que el comunicante hace es manipular el mundo simbólico de su audiencia, un mundo que no está formado por realidades del medio ambiental de las personas tal como éstas lo perciben por sus sentidos, sino como las personas que forman esa audiencia han sido forzadas a incorporarlas a su interior. Una charla convincente, por ejemplo, no es más que una acertada manipulación del mundo simbólico del que escucha, por medio de la cual el comunicante es capaz de hacer ver al otro unos sucesos, no del modo en que tuvieron lugar, sino como a él le impresionaron o como a él le interesan, siendo éste el objetivo de la propaganda: hacer ver las cosas de modo que la conducta resultante favorezca los fines del que hace la propaganda[4].
Conocer, entonces, el valor de la palabra en la propaganda, su dominación y, por ende, la posibilidad de manipularla e imponerla concede insondables poderes no perceptibles por la mayoría de la gente. Una vez que se ha elaborado un mensaje viene la labor de difundirlo, lo cual se hace del modo que mejor convenga, de acuerdo a los medios de difusión con que se disponga. En la actualidad, la existencia del monopolio mediático[5], brazo fundamental del capital transnacional, dispone de la posibilidad de la subversión de las palabras como recurso de operaciones psicológicas. Una de las técnicas especiales de propaganda consiste en las llamadas “generalidades brillantes” o “palabras virtud”. Se trata de palabras o frases estrechamente asociadas a ideas o creencias tan aceptadas por todo el mundo que llevan aparejadas la convicción en ellas sin necesidad de razones o hechos que las apoyen. Históricamente constituyen una herramienta clave de la manipulación psicológica y pueden considerarse palabras mágicas que exigen la aprobación sin buscar razones. Libertad, honor y democracia son claros ejemplos de ellas. En la manipulación, se trata del uso arbitrario, discrecional y desmedido de la carga emotiva de las palabras. Esta última implica que las palabras pueden expresar emociones o provocarlas, perjudicando el significado cognoscitivo.
Como advirtiéramos, hoy en día el monopolio mediático cuenta con la posibilidad de imponer las palabras y su correlativa interpretación, desvirtuando su significado original. Así, es terrorista un kamikaze que se inmola junto a sus víctimas en un atentado con chaleco-bomba; mientras que no lo son los ejecutivos de la agencia central de inteligencia de los EE. UU. (CIA) o el Pentágono que decretan en frío el exterminio de ingentes cantidades de personas en un aséptico puesto de comando situado a miles de kilómetros del lugar de la acción, desde donde se puede accionar un botón que mata a distancia y sin el más mínimo riesgo para quien lo presiona[6]; las personas muertas por un atentado “terrorista” son víctimas y las muertas por el poder de fuego de las potencias son “daños colaterales”. Es un tránsfuga el Dr. Borocoto que saltó del macrismo al kirchnerismo pero no Julio Cesar Cleto Cobos que saltó del oficialismo a la oposición con la misma facilidad que aquél.
Existe una desvalorización del lenguaje, una inversión del sentido de las palabras que rige como verdad revelada para los ejecutivos de los medios de comunicación y para los periodistas que se acompasan a sus directivas implícitas.[7] Consiste en el tratamiento hipócrita o doble discurso para enmarcar la realidad: cuando me conviene uso una vara y, cuando no, la cambio estableciendo arbitrariamente las categorías en que se coloca al sujeto objeto de análisis. Esto me recuerda una memorable frase del dramaturgo y comediante Groucho Marx quien se manifestaba por demás ofendido ante reproches a sus actitudes y decía: “Estos son mis principios y si no les gustan….tengo otros”. El poder económico, que a través del instrumento mediático ensaya y lleva adelante la manipulación de la sociedad de masas, crea entonces palabras mágicas como “consenso”, “institucionalidad”, “pluralismo”, “diálogo” y, como bien señala Enrique Lacolla, su aplicación a diestra y siniestra, sin tomar en cuenta la naturaleza de las cosas que se dice describir con ellas, desfigura desde el vamos a la materia sometida a análisis. Y ese falso discurso, como consecuencia de la asimetría de las relaciones de poder, se ejerce desde el lado de los más fuertes con una discrecionalidad y prepotencia que no pueden ser rebatidas por parte de los más débiles[8]. Los conceptos indicados llevan implícita una carga emotiva positiva pero la descripción de lo que se entiende por ellos no es aportada por el monopolio mediático. Con ello, se logra el efecto de encuadrar de manera arbitraria en dichos conceptos a quienes resultan favorables al sistema y se denuesta a quienes no lo son.
Es de destacarse, en este sentido, que una de las cualidades de la palabra “virtud” es su vaguedad, por la cual se huye de explicaciones detalladas para que el blanco sea el que dé su propia interpretación y otra la simplificación entendida como el proceso de reducir la propaganda a términos concisos, verosímiles, persuasivos y aun dogmáticos, ya que la mayoría de la gente carece de capacidad o deseo de seguir un largo y complejo razonamiento, aceptando explicaciones simplificadas sobre todo si se trata de asuntos fuera de su campo de especialidad[9]. La utilización psicológica de los términos opera instalando los términos en el campo mediático, imponiendo a la sociedad su consideración diaria y achacándole su carencia a quienes se quiere perjudicar. El truco consiste básicamente en no definir los conceptos y obviar decir que –como bien explica Rodolfo Terragno en su Proyecto Nacional 10-16– cuando se plantea una reforma hay ganadores y perdedores y quienes inicialmente se sientan perdedores opondrán resistencias. Es claro el ejemplo del actual gobierno que ante la toma de importantes decisiones, v.g.r. la vuelta al sistema de solidaridad intergeneracional en la recuperación de las administradoras de fondos de pensión, fue acusado por la oposición de no consensuar y de carecer de capacidad de diálogo. Se omitió decir entonces que el tomar decisiones y llevarlas adelante a través del parlamento no implica falta de diálogo ni consenso sino el normal ejercicio de las instituciones.
Sin embargo, ello ha sido subvertido en el ámbito de las ideas mediáticas, imponiéndose una interpretación que, si se llevara a su concreción, implicaría la parálisis absoluta del cuerpo social ya que jamás estaremos todos de acuerdo. Consenso es, según la Real Academia Española, el acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos, y, en una sociedad con grandes desigualdades económicas y sociales, es imposible que las ideas y proyectos sean adoptados por unanimidad. Recuérdese el conocido aforismo que reza: “No conozco el camino del éxito, pero sí el del fracaso: trate de conformar a todos”. Pruebe sino Ud. amigo juntarse con cinco personas e intente ponerse de acuerdo en algo, lo que sea, y como ejemplo le doy la coordinación de una cena en la que habrá que consensuar día y hora, plato a servir, invitados y demás puntos organizativos. Verá como en cinco minutos surgirán posturas irreductibles y probablemente haya que decidir por mayoría. La democracia opera de dicho modo y puede no ser un sistema ideal, pero es, sin embargo, como ya lo dijera el primer ministro británico Winston Churchill, el menos peor.
Cualquier subversión del lenguaje es peligrosa porque pone en riesgo la comprensión del mundo tal cual lo percibimos, pone en riesgo los sistemas de interpretación y la creencia en nuestra propia cordura, que acaso no sea sino una mera convención del lenguaje[10]. Cuando se usan los términos indicados, el individuo cree erróneamente que ha atrapado una idea clara. Dicha idea, por el contrario, está hecha de retazos, con muchas aristas y llena de agujeros. Pero una emoción profunda encadena los fragmentos dispersos, formando así una aparente unidad[11]. Nombrar el mundo como enseñó el experimento de Federico II es la base de toda humanización, pero repetir las etiquetas que pone el poder para nombrarle constituye la base de toda manipulación y degradación del ser humano.
La miseria más profunda que puede sufrir el hombre es la de su ignorancia promovida y consentida. Por ello, porque el lenguaje es el primer gran constructor de la realidad, ya que no la refleja sino que la crea, es imprescindible terminar con el monopolio mediático a través de la sanción del proyecto de ley de servicios audiovisuales, impulsado por el gobierno nacional, que permitirá redistribuir la palabra concluyendo con la nefasta ley sancionada durante la noche más oscura y agravada por la segunda década infame.

[1] Se trata propiamente de operaciones psicológicas (los reglamentos militares norteamericanos las denominan psy – op por psychological operation), sin embargo lo denominaremos así en atención a que el nombre “guerra psicológica” ha tomado carta de naturaleza, y se utiliza en la mayoría de libros y artículos que se escriben en el mundo sobre la especialidad.
[2] Salbuchi Adrian. El cerebro del mundo. Pág 57.
[3] Jorge Fontevecchia. Entretiempo.. Pág. 213.
[4]Frade Francisco Meade La guerra psicológica. Ed. Pleamar. Segunda edición 1982. Pág. 47,48.
[5] Al que nos referimos en un trabajo anterior. “Medios masivos de comunicación y poder” ver en http://www.sosperiodista.com.ar/El-Pais/Medios-masivos-de-comunicacion-y-poder
[6] Enrique Lacolla, La confusión de las palabras. http://www.enriquelacolla.com.ar/
[7] Enrique Lacolla, La confusión de las palabras. http://www.enriquelacolla.com.ar/
[8] Enrique Lacolla, La confusión de las palabras. http://www.enriquelacolla.com.ar/
[9] [9]Frade Francisco Meade , op. cit. Pag. 77
[10] La experiencia Eisejuaz Mariana Docampo

[11] La rebelión de las palabras, Javier Sádaba.

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